
Este destino cruel de ti me separo
Te esperare hasta mil lunas
Porque tú ya no estás…
Todo un honor a verla amado

En una cita de aquelarre
Estaba un brujo hablando
De estados lujuriosos
En una cita de aquelarre
El joven escucha
Mientras el viejo discute
Y el cuervo se posa en la muerte
En esta cita de aquelarre
Una bruja sonríe seducida
Por los cánticos de mil demonios
En una cita de aquelarre es inmiscuido
Aquel que tiene el derecho poético
Aquel que llora llantos de maldad
Y sufre por la felicidad de un mortal
En una reunión aquelarre
La luna reposa en la piel padecida
Por tiempos remotos
En esta cita de aquelarre
Excusan al mal de no decir cosas
De contar cada moneda de la muerte
Al final del arco iris del duende

Claustro demencial de sueños góticos
Placeres al cual mi demencia es protagonista
Compadezco los de afuera de mi obra
Desobediencia al yugo de opresión
Karma de mil poetas desquiciados
En el cruel teatro inerte
Donde las sobras reposan sus letras
En el césped de guillotina donde mis pasos
Reposan el cruel descanso de un crudo anochecer
Entre los fríos pensares de aquel escritor demente
En estas frases cautivantes a un público desorientado
A una verdad… entre sonidos de muerte y el pasar de medianoche
Estas tú la actriz principal en la escena de la muñeca horrenda
Y despreciada en lo dicho de aquellas letras plasmadas para este publico
Un público caótico demencial y de pensamientos ósenos en destinos tiranos

¿Por qué? me amas
¿Para qué? me quieres
¡Mírame! estoy ciega
No quiero tu lastima
Para que cargas con mis culpas
Tu eres un afortunado en ver
Por lo contrario yo estoy ciega
Dime quieres a una ciega
No quiero una ciega te quiero a ti
Eres mi más fatal temor…mi más grande amor
Si quieres verme desfallecer vete
Si... si quiero una ciega como tú
Como las religiones quieren a su dios
Porque tú eres mi religión pagana
Afortunado aquel que te quiara
Porque así entrara el reino de tus cielos
Para adorar venerar y creer en tu belleza interior
En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín.
¡Monseñor Belzebú tira de la corbata
de sus títeres negros, que al cielo gesticulan,
y al darles en la frente un buen zapatillazo
les obliga a bailar ritmos de Villancico!
Sorprendidos, los títeres, juntan sus brazos gráciles:
como un órgano negro, los pechos horadados ,
que antaño damiselas gentiles abrazaban,
se rozan y entrechocan, en espantoso amor.
¡Hurra!, alegres danzantes que perdisteis la panza ,
trenzad vuestras cabriolas pues el tablao es amplio,
¡Que no sepan, por Dios, si es danza o es batalla!
¡Furioso, Belzebú rasga sus violines!
¡Rudos talones; nunca su sandalia se gasta!
Todos se han despojado de su sayo de piel:
lo que queda no asusta y se ve sin escándalo.
En sus cráneos, la nieve ha puesto un blanco gorro.
El cuervo es la cimera de estas cabezas rotas;
cuelga un jirón de carne de su flaca barbilla:
parecen, cuando giran en sombrías refriegas,
rígidos paladines, con bardas de cartón.
¡Hurra!, ¡que el cierzo azuza en el vals de los huesos!
¡y la horca negra muge cual órgano de hierro!
y responden los lobos desde bosques morados:
rojo, en el horizonte, el cielo es un infierno...
¡Zarandéame a estos fúnebres capitanes
que desgranan, ladinos, con largos dedos rotos,
un rosario de amor por sus pálidas vértebras:
¡difuntos, que no estamos aquí en un monasterio! .
Y de pronto, en el centro de esta danza macabra
brinca hacia el cielo rojo, loco, un gran esqueleto,
llevado por el ímpetu, cual corcel se encabrita
y, al sentir en el cuello la cuerda tiesa aún,
crispa sus cortos dedos contra un fémur que cruje
con gritos que recuerdan atroces carcajadas,
y, como un saltimbanqui se agita en su caseta,
vuelve a iniciar su baile al son de la osamenta.
En la horca negra bailan, amable manco,
bailan los paladines,
los descarnados danzarines del diablo;
danzan que danzan sin fin
los esqueletos de Saladín